Juan Ramón Jiménez, insistía una y otra vez en sus poemas –obra abierta en la terminología actual- como forma de superación de las barreras lingüísticas, acertando así con una de las máximas del material-lenguaje: su incapacidad para revelar la trascendencia última, para llegar al fondo.

Como si la poesía fuese un eterno circunloquio, un inciso infinito. Siguiendo su magisterio, los textos poéticos se me aperecen como fragmentos de un discurso poético que se entrelaza con la naturaleza, con la otredad en forma complejísima, sin que apenas pueda distinguirse –en mi memoria- cuáles sean unos u otros.

Así, puede afirmarse, que tal vez la búsqueda sea un proceso de negación, un paulatino encerramiento de lo que quiere expresarse. Pensemos en una habitación, una habitación desnuda, blanca, exenta de todo objeto que pueda perturbar la introspección. Estos muros encierran la verdad, pero no son la verdad.

De ahí que los textos poéticos se construyan en series que versan sobre ideas obsesivas, como si, de algún modo, el nombre pudiera así cazarse. En esta caza dialéctica –que para Valèry era un bosque-, el creador renuncia a su ego, -no a su mismidad-, sino a todo aquello que le es ajeno y que le imposibilita la comunicación con el vacío, con el fluir cíclico de lo que le compone y le traspasa.

Una vez que se consigue este diálogo, el material-lenguaje necesita un proceso de transformación y adecuación a nuestra voz interna, a ese nombre primigenio que no tiene nada que ver con el del individuo, sucesivamente cubierto por estratos de identidad.

Despojamiento y esencialidad son los ejes sobre los que se construye la habitación. Negación del barroco, de lo superfluo. Valente y Jábes sabían bien de lo que escribían. Los contrastes del blanco –silencio- y del negro-sonido- son importantísimos.

Crean un tempo necesario, una parte vital de ese diálogo. Y como resultado, un exceso de ruido, siempre al borde del callamiento: el texto. La serie textual que se construye. ¿Encierra realmente el nombre exacto de las cosas?, ¿constituye el final de la búsqueda? Aquí entra el lector, su perspectiva. Él es quien tiene la última palabra. La palabra que cierra el círculo de la creación.

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